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domingo, 21 de agosto de 2011

Hablar con mamá

Mamá llama y el caos se detiene.

Vivo en un mundo de signos en rotación. Es como una esfera de luces neurales, una red esférica de destellos azules, conmigo al centro. Cuando digo “conmigo” no hablo de este yo de la carne. Hablo de mi conciencia. Sólo dos cosas distraen a mi conciencia: mi gato, Kokoro, y el teléfono.

Un gato maulla y la conciencia se sustrae de sí misma. Un teléfono, en cambio, es un arma de destrucción masiva de la imaginación que rasga con su música para sordos los más tensos tejidos de la creación. Pero ambos son formas de la urgencia. El gato me habla desde la sed y el hambre para anunciarme que también yo debo comer y beber. El teléfono no sólo quiere comunicarme algo, también requiere mi voz.

Odio el teléfono. Lo encierro en una gaveta, lo apago, lo olvido en los lugares más inesperados, lo cubro con almohadas para no oírlo y lo ostento en la calle para que me lo roben, pero aun así a veces está ahí, como una intrusión ineludible. El gato entra y sale de la esfera azul de mi conciencia: es una nítida sombra entre lo visible y lo invisible; el teléfono, en cambio la desgarra y me zarandea contra la materia, y a veces, sólo a veces, contesto.

Hace media hora la minúscula pantalla de mi dispositivo móvil, el único que tengo, decía “Mamá”. Uno gira la cabeza, la pantalla se ilumina y se manifiesta lo real. Cuando ella habla el caos se detiene. El tiempo se detiene porque escucharla no siempre es fácil. Una madre viuda es emotiva, llora demasiado a menudo, pregunta si el hijo come bien, si está haciendo su trabajo o si ¿no estarás enfermo? como si fuese un deseo. No deja de sorprenderme que su voz me paralice así, que sea tan intenso el requisito de escucharla.

Los viejos están siempre en el umbral del amor y de la muerte: las dos fuentes inagotables de la inquietud. El teléfono suena y descubres que la conciencia es una expresión de la divinidad: el caos de la creación se suspende para escuchar la voz del origen.

Esto, tal y como lo describo, es hablar por teléfono con mamá.


domingo, 31 de julio de 2011

Plumas

Hace algunos años, en Nueva York, una mujer me amó después de verme bailar ballet. Mi maestra de danza se llamaba Oona, un nombre finlandés que se pronuncia «Una», y ese día había traído a una bella amiga a su clase. Ambas eran estudiantes de Juilliard y verdaderas fanáticas del método creado por el coreógrafo José Limón. La amiga de Oona, a quien yo llamaba «Dos», se rió de mí a carcajadas cuando me vio bailar.

—¿Por qué demonios estás en una clase de ballet? —me preguntó.

—Porque sabía que aquí podía conocer a una mujer como tú —le contesté.

Es el tipo de cosas que uno dice para esquivar un bochorno y ganar puntos en la escala de simpatía. La verdad era otra: amo la danza desde los cuatro años.

A veces el destino nos depara ser una tercera persona en la trama de un amor imposible, aunque irresistible por esa misma razón. Cuando estaba en el kindergarten del Sagrado Corazón de Jesús, mi hermana María Eugenia, de cinco años, se unió a una producción estudiantil de El lago de los cisnes. Mi hermana era gordita y tenía los pies planos, así que el instructor sólo le enseñó a entrar, dar vueltas y salir del escenario. María Eugenia aceptó ese trato en silencio porque su amor por el ballet era más grande que su orgullo infantil.

La noche del estreno vimos el nacimiento de una pequeña estrella: una niña llamada Carmen Aída Alcaine bailó como un ángel. Por su lado, mi hermana se convirtió en la otra atracción de la noche, pero por las razones equivocadas. Las plumas de su tutú estaban mal cosidas y a cada giro salían volando por todo el escenario. Yo armé un escándalo cazando plumas y me mandaron a casa.

«Dos» se rió conmigo cuando le conté esa historia. Eso no significa que dejó de reírse de mí cada vez que me veía bailar. Aunque me había ganado su corazón, no perdió su razón por mí. Pero qué importaba si, después de todo, algún día —como en este día— podía declarar algo inaudito: «Yo amé a mi mejor y más dura crítica».


domingo, 24 de julio de 2011

La dama y el vagabundo

Los escritores jóvenes no tienen el lujo de temer las burlas de otras personas, porque no hay tiempo qué perder cuando la poesía lo es todo. No le pidas a un poeta joven que deje de escribir: pídele que se arroje de un peñasco o que prescinda del oxígeno o que abandone de una vez por todas su insoportable sed por la vida.

Los rechazos viscerales a la poesía pueden ser provocados por el reflejo involuntario de una expectativa social o pueden ser motivados por la obra en sí; pero en ambos casos el poeta joven se deleita al descubrir que tiene el poder de asombrar o de provocar a sus lectores. Sin comprender aún la verdad, ha descubierto ya su camino: la libre osadía.

Un poeta joven no sólo se cree poseedor de la llama de la libertad: es su inventor. En ese ingenuo candor radica la conmovedora belleza de los poetas jóvenes. No saben que los viejos los leen y encuentran en sus palabras un rasguño de Homero o una chispa de Dante o el quejido sin fin del ardor de Rimbaud. No importa qué digan los viejos, los jóvenes sólo escucharán un velado elogio o una demostración de ligera envidia.

También yo sufrí de esos accesos de candor. También yo creí ser más de lo que soy: un inmortal, un vengador, un iluminado.

Una sola mujer me puso en mi lugar: Gilda Lewin. La primera vez que me habló, sentí en mis rodillas todo el miedo y toda la culpa de un joven primerizo en un burdel. Ella sabía evocar la imponencia de una rufiana. Debo aclarar lo que digo: es una actriz consumada, una verdadera dama del teatro, una diva.

—¡Pobrecito! Leés peor que Neruda —dijo en voz alta la primera vez que me oyó leer poesía—. Pero no te preocupés —susurró entre las risas de los amigos que nos rodeaban—, yo te curaré.

Y lo hizo. Me curó de mi ciego narcisismo y de mi sonámbula voz, y con el truco más importante que un actor tiene a su disposición. Me enseñó a leer entrelíneas, a comprender el texto detrás del texto: el invisible y poderoso subtexto. Lo que descubrí en mi propia escritura me sorprendió. Y ahora veo, en todo poema, o la dura uña de Homero o el ojo vigilante de Dante o los labios sedientos de Rimbaud.


Este texto se publicó en La Prensa Gráfica el 13 de septiembre de 2003.


 

Avalorios © 2010 :: Fotografía: “Haiku Lili” de Jorge Ávalos © 2009.