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lunes, 25 de julio de 2011

La muerte y la belleza

«Recuerdo otra anécdota de una conocida actriz de teatro, Gilda Lewin, salvadoreña de gran sensibilidad que aún vive en California. Recorríamos un bosque húmedo con pinos, donde crecían el musgo y la hierba como terciopelo. Nos acompañaban dos amigas norteamericanas. Gilda cometió el mismo desliz que yo cometí antes con Délano; un gazapo similar: “Qué bosque más solitario, como para tirar muertos”. Cayó como agua caliente.

“¿Cómo es posible relacionar un bello paisaje con un lugar de cadáveres?”, preguntaron las norteamericanas.

Gilda se sorprendió. Yo me reí tratando de opacar su turbación. La defendí: “En lugares bellos como este es donde aparecen los muertos”. Y es que desde entonces, los salvadoreños ya ni siquiera pensábamos en la belleza de los lugares. En nuestro paisaje, nuestro mínimo espacio, nuestra flora, ahí se han encontrado los cadáveres. Gilda Lewin lloró. Después, reímos todos para darle fuerza. Pero ella siguió perturbada. En un lugar bello del campo salvadoreño encontró decapitado a su esposo, un artista.»

Manlio Argueta
Modo de muerte, Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, 19 de septiembre de 2010.

domingo, 24 de julio de 2011

La dama y el vagabundo

Los escritores jóvenes no tienen el lujo de temer las burlas de otras personas, porque no hay tiempo qué perder cuando la poesía lo es todo. No le pidas a un poeta joven que deje de escribir: pídele que se arroje de un peñasco o que prescinda del oxígeno o que abandone de una vez por todas su insoportable sed por la vida.

Los rechazos viscerales a la poesía pueden ser provocados por el reflejo involuntario de una expectativa social o pueden ser motivados por la obra en sí; pero en ambos casos el poeta joven se deleita al descubrir que tiene el poder de asombrar o de provocar a sus lectores. Sin comprender aún la verdad, ha descubierto ya su camino: la libre osadía.

Un poeta joven no sólo se cree poseedor de la llama de la libertad: es su inventor. En ese ingenuo candor radica la conmovedora belleza de los poetas jóvenes. No saben que los viejos los leen y encuentran en sus palabras un rasguño de Homero o una chispa de Dante o el quejido sin fin del ardor de Rimbaud. No importa qué digan los viejos, los jóvenes sólo escucharán un velado elogio o una demostración de ligera envidia.

También yo sufrí de esos accesos de candor. También yo creí ser más de lo que soy: un inmortal, un vengador, un iluminado.

Una sola mujer me puso en mi lugar: Gilda Lewin. La primera vez que me habló, sentí en mis rodillas todo el miedo y toda la culpa de un joven primerizo en un burdel. Ella sabía evocar la imponencia de una rufiana. Debo aclarar lo que digo: es una actriz consumada, una verdadera dama del teatro, una diva.

—¡Pobrecito! Leés peor que Neruda —dijo en voz alta la primera vez que me oyó leer poesía—. Pero no te preocupés —susurró entre las risas de los amigos que nos rodeaban—, yo te curaré.

Y lo hizo. Me curó de mi ciego narcisismo y de mi sonámbula voz, y con el truco más importante que un actor tiene a su disposición. Me enseñó a leer entrelíneas, a comprender el texto detrás del texto: el invisible y poderoso subtexto. Lo que descubrí en mi propia escritura me sorprendió. Y ahora veo, en todo poema, o la dura uña de Homero o el ojo vigilante de Dante o los labios sedientos de Rimbaud.


Este texto se publicó en La Prensa Gráfica el 13 de septiembre de 2003.


 

Avalorios © 2010 :: Fotografía: “Haiku Lili” de Jorge Ávalos © 2009.